Cortesía/LIBERAL También ha publicado biografías, literatura infantil y poesía.

David Martín del Campo, un escritor predestinado

PRIMERA DE DOS PARTES

Apasionado del cine, periodista, articulista y escritor; son quizá los rasgos más destacados de la vida de David Martín del Campo.
A continuación presentamos la entrevista que le hicimos en estos tiempos de confinamiento debidos a la pandemia.
Nueve preguntas que respondió a distancia…

–David, ¿cuándo empezaste a descubrir al escritor que llevas dentro?
–Lo menciono en la novela que estoy escribiendo ahora, cuando un personaje le dice al protagonista Alex, que tiene dieciocho años: “Nunca conocí a nadie tan observador como tú, estás destinado a ser escritor”. Pues eso. La curiosidad es mi fuerte, mis debilidades todo lo demás. No puedo dejar pasar un detalle sin resolver… ¿por qué el remolino de la cañería torna siempre a contrarreloj?, ¿por qué los atunes tienen bordes como estoperoles en la cola?, ¿por qué los pintores buscan siempre estudios con ventanales que den al norte? En fin, asuntos que, a la larga, se incorporan inconscientemente en tu cuento. Por cierto que lo del remolino se debe a un principio físico llamado Efecto Coriollis, y lo de los remates en la cola del atún se debe a que las emplean como “macanas” para golpear a sus presas antes de devorarlas… A los nueve años elaboré varios “comics” con mis lápices de color. Historietas de acción y de superhéroes. Supongo que fueron mis inicios como narrador. Después, a los dieciocho, un grupo de amigos organizamos un campamento en la playa Mocambo de Veracruz. Tuvimos algunas aventuras más o menos descabelladas, era el año de 1969, y le dije a mi amigo Ricardo: “De esto que nos ha ocurrido, voy a escribir una novela”. Sí, claro. En 1976 la publiqué. Se llama “Las rojas son las carreteras”, título que decidió mi editor, el legendario don Joaquín Díez Canedo.

–Luego, el quehacer escritura-periodismo abarcó algunos años de tu desempeño laboral. ¿Cómo fue ese proceso?
–Sí, en 1977 fui el primer reportero contratado para el naciente periódico Unomásuno dirigido por Manuel Becerra Acosta. Iba recomendado por Fernando Benítez, mi maestro en la facultad de Ciencias Políticas. A pregunta expresa de don Manuel, me defendí, “pues… acabo de publicar esta novela (se la extendí) y he realizado varios cortometrajes en la Universidad Nacional” (lo cual era cierto). Sin más, decidió incorporarme en aquel proyecto que, la verdad, debo agradecer al cielo. Significó mi segunda formación como escritor. Un reportero (lo fueron Hemingway y García Márquez, Vargas Llosa y Revueltas) incursiona por todos los rincones de la sociedad… basureros municipales y la residencia presidencial, sindicatos, plataformas petroleras, guaridas de hampones, hospitales, centros nocturnos, sets de filmación. Cumples y entregas tu reportaje, luego de conversar (es decir, “entrevistar”) a miles de personas. Durante un par de años me desempeñé como corresponsal del diario en Madrid, luego, al regresar, llegué convencido de que debía dejar esos afanes informativos y convertirme en escritor. Publiqué una segunda novela, una tercera, una colección de cuentos… Fue un proceso natural.

– ¿O sea que tu experiencia como reportero está presente en tu obra literaria?
–Pues sí. Recuerdo que en 1978 cubrí un “paro” camaronero en Mazatlán, cuando las cooperativas se enfrentaban con los armadores, es decir, los dueños de los barcos. Entrevisté a decenas de pescadores y empresarios del ramo, entregué el reportaje en varias partes. Luego, años después, publicaría mi novela “Isla de lobos” que habla de ese ambiente. Obtuve el Premio Bellas Artes de Novela en 1986, lo cual me hizo ganar mucha confianza en mi desempeño. Cubrí también, como corresponsal de guerra, el conflicto que mantenía el Frente Polisario contra el ejército marroquí en el Magreb. He realizado otros reportajes indelebles… uno con los últimos guerrilleros de Lucio en la sierra de Guerrero, otro sobre la situación de los mares en México, y que publicó la editorial ERA como “Crónicas de la tercera frontera”, otro sobre los chicleros en la selva de Quintana Roo, otro sobre la presencia de Liz Taylor y Richard Burton en Puerto Vallarta durante la filmación de “La noche de la iguana”. En fin, de todos ellos han resultado, a la larga, sendas novelas que ya, algún día, un crítico se encargará de relacionar.

–Tu registro literario es vasto. Has publicado novela, relato y cuento, pero también biografías, literatura infantil, incluso poesía. ¿Cómo explicar esa visible versatilidad?
–Bueno, sí, es verdad. Más de cincuenta libros circulan por ahí con mi nombre en la portada. Mi fuerte, pienso, es la novela; un género en el que me desenvuelvo a mis anchas. La novela lo incluye todo… inspiración, retrato de personajes, diálogos, descripción de ambientes, investigación documental, muchas “entrevistas”, malicia literaria y todas las lecturas del mundo. Y no sólo de libros de literatura, sino también volúmenes especializados en aeronavegación, migraciones históricas, exorcismo, psicoanálisis, biografías, en fin. En 1990 gané el Premio Internacional Diana de Novela con “Alas de ángel”, y en 2012 el Premio Mazatlán de Literatura con mi novela “Las siete heridas del mar” (que se debió haber titulado Acapulco blues). Creo que son mis mejores libros. Lo de la literatura infantil (y para jóvenes) responde a dos principios: uno, que soy muy juguetón y siempre celebro al niño que aún vive dentro de mí. Tuve una infancia feliz, debo celebrarlo, aunque no ausente de dos o tres traumas. El segundo principio es que la mitad de la población mundial tiene menos de 18 años… ¡y alguien debe escribir libros para ellos! Como los que yo leía en mis años mozos, y que disfrutaba inmensamente. Mark Twain, Salgari. Lo de la poesía fue un tropiezo contingente: en 1995 el huracán “Ismael” azotó al golfo de California ocasionando la muerte de más de 200 pescadores que fueron sorprendidos por el quiebre sorpresivo del meteoro. Mi amigo, el pintor Antonio López Sáenz, me llamó desde Mazatlán: “David, estoy dibujando puros ahogados. Son los que arriban todos los días a la playa. Dibujos muy tremendos… ¿no podrías escribir un texto para ellos?”. Y así resultó ese librito titulado, precisamente, “Ismael”. Y que no quedó tan mal. CONTINUARÁ…

Xalapa
Carlos Duayhe Villaseñor

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