Pbro. Lic. Wílberth Enrique Aké Méndez

I.- CON LOS APÓSTOLES Y LOS PRESBÍTEROS (Hch 15,1-2.22-29).

A partir de la Resurrección del Señor, hemos ido contemplando, a lo largo de toda esta Pascua, a una Iglesia que fue creciendo y madurando en su auto comprensión como nuevo Pueblo de Dios y que paulatinamente fue entendiendo su lugar y papel en el mundo, particularmente el que tiene que ver en su relación con los gentiles. Nos encontramos con una Iglesia que en sus inicios vivía idílicamente dentro de la paz y seguridad de las murallas de Jerusalén y sin tener mucho en cuenta el mandato/promesa del que era depositaria (Hch 1,8); era una joven comunidad que fue creciendo en torno al grupo de los Apóstoles, que se reunían en el Pórtico de Salomón y también acudían multitudes de las ciudades vecinas (Hch 5,12-16). A partir de la muerte de Esteban viene la dispersión que les presenta la gran oportunidad de la misión (Hch 8), hasta que en el capítulo 9 aparece San Pablo en escena, quien se convierte en el Apóstol de los gentiles, comenzando la misión a partir del capítulo 13. A su retorno de esta primera misión, se encuentra con la división surgida en el seno de la comunidad de Antioquía, debido a unos judíos procedentes de Jerusalén, que afirmaban la necesidad de circuncidarse, para alcanzar la salvación, aseveración contraria a la fe cristiana que enseña que la salvación es por la gracia de Cristo (v. 11). Esto suscita un tremendo altercado que finaliza con el envío de una delegación a Jerusalén, cuyo resultado es la Carta Apostólica hoy escuchada: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos (cfr. (Rm 14; 1Co 8; 10,14-33), de la sangre de los animales estrangulados y de la impureza. El mundo judío y el gentil, se han reconciliado en Cristo por medio de la Iglesia.

II.- ME HAN OÍDO DECIR (Jn 14,23-29).

Continuando con la escena de la “despedida”, San Juan presenta a Jesús en un discurso que se mueve en el contexto de la manifestación del Señor, movido por la pregunta de Judas, ¿por qué a nosotros y no al mundo? (cfr. 14,22), justo cuando el Maestro ha estado hablando del amor a Dios manifestado en el ejercicio de sus mandamientos. Según Jn 1,10-11, la Palabra vino al mundo y no la conoció, los suyos no la recibieron y en Jn 1,13, a los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria (Jn 1,14); el v. 23 de este cap. 14, conecta, pues, con el Prólogo de este Evangelio, acentuando el amor al Hijo y al Padre para nosotros convertirnos, así, en morada de Dios y cuya imagen es la tienda del encuentro en la etapa del desierto. Pero es ahora el momento para tomar decisiones, es ahora cuando decidimos amar o no a Dios y para esto sabemos que no estamos solos, puesto que el Padre y el Hijo habitan en nosotros, también nos promete enviarnos al Espíritu Santo (v. 26) que nos enseñará y recordará todo lo que Jesús nos ha dicho, es decir, nos ayudará a comprender y a vivir este misterio de amor. Por otro lado, nos deja su paz que nos permite entender el bien que significa para nosotros su partida a la casa del Padre y el mayor bien que aún será para nosotros su retorno.

III.- CON LA GLORIA DE DIOS (Ap 21,10-14.22-23).

El v. 9 contiene una hermosa invitación: “Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero” y con el v. 10 comienza una majestuosa descripción de la Jerusalén mesiánica, que tendrá la gloria de Dios (v. 11) y por esta razón no hay Santuario en ella, porque el Señor, el Dios Todopoderoso y el Cordero, es su Santuario, la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero.

Próximo martes 7 de junio, XXX Aniversario de Ordenación Sacerdotal.

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